lunes, 22 de junio de 2015

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA: LA IMPORTANCIA DE LOS ACTOS DEL PENITENTE





Tomado de "Jesucristo, Ideal del Sacerdote" del Beato Dom Columba Marmion O.S.B

El sacramento de la penitencia aplica siempre al alma, ex opere operato, las expiaciones y los méritos del Salvador: «La sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado» (I Jo., I, 7).

Si el cristiano ha perdido vida sobrenatural por haber pecado gravemente, con el perdón de la ofensa se devuelven la gracia santificante y la caridad. Y si no ha llegado al extremo de romper la amistad con Dios, el Señor le concede un aumento de esta gracia, al mismo tiempo que le perdona el pecado venial.

Este perdón y la infusión de la gracia, fruto de los méritos de Jesucristo, es obra del don del Espíritu Santo; y es mucho mayor la gloria que tributan a la misericordia de Dios que la ofensa que nuestros pecados han podido inferir a su majestad.

En esta comunicación de la vida sobrenatural, las disposiciones íntimas del cristiano juegan un papel de capital importancia. Porque, para regenerar y santificar el alma, de acuerdo con la voluntad de Cristo y la naturaleza del sacramento, la gracia se injerta, por así decirlo, en los actos del pecador, que son: la confesión de las faltas, hecha con la esperanza de alcanzar el perdón; la detestación del pecado, que implica el propósito de la enmienda, y el deseo de cumplir la expiación que le imponga la Iglesia.

Estos actos se denominan: la confesión, la contrición y la satisfacción. El Concilio de Trento los califica como «cuasi materia» y «partes constitutivas de la penitencia» [Sess. XIV, cap. 3 y can. 4]. Según la doctrina de la escuela tomista, estos actos, unidos a la absolución del sacerdote, son elevados por la virtud sacramental y tienen eficacia para abolir en nuestras almas el pecado y conferirnos la gracia. Por lo tanto, pertenecen a la esencia misma del sacramento.

Pero más de una vez, por desgracia, estos actos se realizan de una manera imperfecta, por lo que el sacramento no comunica al alma todos los frutos que debiera comunicar, como lo atestigua una dolorosa experiencia. La verdadera razón del poco provecho que se obtiene de la frecuente recepción de este sacramento hay que atribuirla a esta falta de las disposiciones requeridas.

Hay, a mi parecer, dos causas que explican esta mayor o menor esterilidad de las confesiones de aquellos que se presentan al tribunal de la penitencia sin tener otra cosa de qué dolerse sino de faltas ligeras.

Se aprecia ya una laguna en la misma confesión de las faltas, que no suele tener propiamente el carácter de una acusación «dolorosa», vinculada a las humillaciones de Cristo.

Y sucede, además, que, después de la confesión, el propósito de la enmienda no persevera en la conciencia con la energía precisa.

Por lo que atañe al primer asunto, es verdad que el sacramento de la penitencia, en virtud de su misma institución, aplica a nuestras almas la expiación que Jesucristo ofreció a la santidad y a la justicia de Dios. Pero también es cierto que nosotros hemos de sobrellevar una parte de expiación.

En el Gólgota, Cristo se presentó a su Padre revestido de todos nuestros pecados: «Yahvé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is., LIII, 6). El es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jo., I, 29). Cristo ha conocido todos y cada uno de nuestros pecados, ha ponderado la injuria que han inferido a la santidad divina y, para merecernos la salvación, ha cargado sobre sí todo el oprobio, toda la afrenta y toda la pena debida a nuestras iniquidades.

Pero en el sacramento de la penitencia nos deja una parte de expiación que debemos cumplir para que se nos apliquen sus méritos. Es necesario, pues, que, cuando acudimos al tribunal de la misericordia, sintamos el peso de nuestras faltas, de nuestras ingratitudes y de nuestras miserias, que tengamos conciencia de la bajeza y de la ruindad de nuestros pecados y de nuestras infidelidades y que nuestra acusación sea «dolorosa».

Como miembros que somos de Cristo, asociemos esta humillación, que comporta la confesión voluntaria de nuestras faltas, a las vejaciones y a los ultrajes de toda suerte que soportó el Señor en su pasión, y unámonos a los sentimientos que experimentaba su corazón, para que la inmensidad de sus expiaciones purifique hasta los últimos repliegues de nuestra alma. Guardémonos de usar expresiones que encubran la fealdad de nuestras ofensas y disimulen el amor propio. Sin llegar a hacer una confesión mentirosa, se querría, a veces, obtener un perdón barato.

Debemos también aceptar de buen grado la penitencia sacramental que nos impone el confesor, y ofrecer a este fin todas las obras de nuestra vida: Quidquid boni feceris et mali sustinueris…

Si recibimos el sacramento con estas disposiciones, se irá verificando gradualmente en nuestras almas una verdadera muerte espiritual en virtud del sacrificio expiatorio de Jesucristo. Así es como nosotros los sacerdotes deberíamos acusar habitualmente nuestras faltas.

La segunda razón de porqué la confesión suele producir escasos frutos es que el propósito de la enmienda no se mantiene con la debida firmeza en la vida ordinaria.

Es de capital importancia para la vida interior que, quien se reconoce culpable, aunque sólo sea de pecados veniales, mantenga en su alma una decisión inquebrantable de oponerse a toda negligencia y a cuanto pueda desagradar a Dios.

Siempre que no hay óbice de parte del alma, el efecto esencial del sacramento se produce indefectiblemente. Pero si, como ya os lo he dicho, queremos sinceramente que nuestras confesiones contribuyan a nuestro progreso en la vida de perfección, debemos intentar aprovecharnos de todos los tesoros de gracia que se contienen en el sacramento. Para ello, debemos tener siempre presente en el espíritu el firme propósito de no volver a caer en las faltas, aún veniales, de que nos hemos acusado en la confesión. Porque suele suceder que, después de habernos acusado, por ejemplo, de impaciencias tenidas con las personas con quienes tratamos, o de expresiones poco caritativas, o quizás de negligencias en el cumplimiento de determinados deberes de nuestro estado, o de egoísmo al cargar sobre otros los trabajos más pesados…, una vez terminada la confesión, nos olvidamos de la contrición y del propósito de la enmienda y continuamos obrando como si no nos hubiéramos confesado.

Procuremos, por el contrario, por amor a Cristo, mantener en nosotros de la manera más viva la voluntad decidida de corregirnos y enmendarnos, para que, cuando se presente de nuevo la ocasión de pecar, estemos siempre dispuestos a reaccionar eficazmente.

Hay muchos que siempre son tibios en el servicio de Dios. Cuando van a confesarse, no se detienen a considerar sinceramente sus pecados con deseo eficaz de evitarlos en adelante. Seguramente que no ignoran que cada paso que dan en la vida espiritual supone una nueva elevación del alma y una nueva fuente de alegría; pero no se percatan de que para ello se requiere una liberación íntima, que es fruto de una mayor abnegación de sí mismo y de un renunciamiento más profundo. Sin sacrificio, no es posible hacer nada que valga la pena en este mundo.

Os voy a dar otro consejo para que vuestras confesiones sean más provechosas. El día que os vayáis a confesar, pedid a Dios en la santa Misa que os conceda la gratia y el donum pænitentiæ. Esta saludable práctica se apoya en la doctrina oficial de la Iglesia promulgada en el Concilio de Trento [Sess. XXII, cap. 2]. Y después de haberos confesado, procurad excitar en vosotros el dolor de vuestras faltas a lo largo de las ocupaciones del día.

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