martes, 25 de agosto de 2015

TERAPIA PREVENTIVA








TERAPIA PREVENTIVA

La divido en genérica y específica; una y otra se refieren a toda la actividad maléfica, ordinaria y extraordinaria. /TERAPIA PREVENTIVA GENÉRICA Consiste en vivir cristianamente bien, es decir, en una creciente formación de la propia conciencia, en el ejercicio de las virtudes y en la oración; una vida profundamente cristiana es la mejor garantía y es prenda segura de la protección celestial aun contra cualquier asalto demoníaco. Afirma Záhringer: "Mucho más importante es defenderse a priori... (y esta defensa) debe comenzar en lo íntimo del hombre y debe ser una defensa positiva en el sentido del refuerzo sobrenatural. Se puede decir, en todo caso, que una vida plenamente válida, porque basada y consolidada en la fe, en la gracia y en la comunión con Cristo, es la mejor defensa contra los demonios, sea que traten ellos de arruinar nuestra vida interior o la exterior. Actuar incesantemente el llamado de la gracia a la santidad equivale a estar siempre armados y con riqueza interior" (pp 812-813). También escribe Záhringer: "La defensa contra satanás por parte de los creyentes en Cristo se hace, pues, con gran serenidad y seguridad" (p 812); y Bortone: "Cuanto más la práctica religiosa es flaca, la vida moral dudosa, el conocimiento fácil al compromiso, tanto más la acción de satanás es vasta y profunda, estable.
Lo único que le hace contraste es la fe integralmente vivida, y la vida moralmente irreprensible" (p 28). / En el "Pastor de Ermas" se lee: "Teme al Señor, añadió el ángel de la penitencia, y observa sus preceptos; obrando así, te volverás fuerte en cualquier acción, que será siempre laudable. Este es el temor que debes alimentar para llegar a la salvación. De ningún modo debes temer al diablo. Temiendo al Señor, vencerás al enemigo, porque él no tendrá ningún poder sobre ti" ("Hermae pastor", mand. 7,1 -2, ed. F. X. Funk, "Patres apostolici", I, Tubingae 1901, p 491). En la Sagrada Escritura, en las obras de los padres, de los doctores de 1¿ Iglesia, en los tratados de ascética y mística, en ios documentos del magisterio eclesiástico (y sobre todo en los discursos de los papas), en los muchos libros de meditación, y en las numerosas publicaciones religiosas, cualquier persona podrá fácilmente encontrar abundante material sobre la vida espiritual entendida también como antídoto contra las fuerzas del mal y como prenda de protección divina contra un ser tan potente que no hay, como afirmaba san Juan de la Cruz, "humano poder que se acerque a él" ("Cántico espiritual B." str. III, 5).. Termino con lo que afirmaba Pablo VI en el conocido discurso del 15 de noviembre de 1972: "Podríamos decir: todo lo que nos defiende del pecado, nos ampara por lo mismo del invisible enemigo. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia asume un aspecto de fortaleza. Y, además, cada uno recuerda lo que la pedagogía apostólica ha simbolizado en la ajmadura de un soldado las virtudes que pueden hacer invulnerable al cristiano. El cristiano debe ser militante; debe estar vigilante y ser fuerte" (X, 1972, 1173). TERAPIA PREVENTIVA ESPECÍFICA Por terapia específica entiendo el ejercicio de algunas prácticas religiosas y ritos devocionales y el uso de objetos particulares sagrados o bendecidos que manifiestan su eficacia también o especialmente en tener alejadas las varias influencias del diablo. Cito los principales.
^ La confesión Como sacramento, purifica al alma, la santifica y así la hace capaz de recibir los beneficios de la ayuda y de las gracias de Dios. En efecto, dice san Juan: "Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza en Dios, y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada" (Un 3,21-22). Además, una buena confesión siempre es un grande acto de humildad, que contribuye a alejar al padre de la soberbia. ¿La santa comunión Grande eficacia hay que atribuir a esa mesa divina, que, como dice el salmista, ha sido preparada contra los que nos molestan (cfr Sal 22, 5); mesa en donde el cristiano puede alimentarse con ese mismo Jesús que ha triunfado contra satanás, destruyendo sus obras (cfr Un 3,8). y La señal de la cruz Con la cruz Jesús venció el reino de satanás (cfr Col 2,14-15); ninguna maravilla, pues, si el demonio odia terriblemente este signo, hasta el punto de renunciar, aunque con vergüenza, a sus designios maléficos, antes que afrontar el miedo y el sufrimiento que le causa la cruz (cfr S. Cirilo de Jerusalén, PG 33, 774). Dice Tireo: "Como el perro huye del palo con el que se le ha pegado, así los demonios aborrecen la cruz" (p 153). Otro motivo de odio es también el provecho espiritual que sacan los cristianos, recordando y meditando en ella elmisterio de la pasión y muerte de Jesús. Con este símbolo, además, se piden y se invocan los méritos mismos del salvador, por lo cual "oponer a los demonios el signo o señal de la cruz —lo dice también Tireo— significa oponer la pasión de Cristo e invocar a Dios mismo por los méritos del redentor" (p 153). J El nombre de Jesús El salvador destruyó las obras diabólicas, triunfó sobre satanás, fue obediente hasta la muerte de cruz. "Por lo cual Dios lo exaltó —dice san Pablo— y le otorgó el nombre, que está sobre
todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos" (Flp 2,9-10). Los objetos bendecidos Un poder especial adquieren algunos objetos que la Iglesia con oraciones apropiadas bendice, para que los cristianos, usándolos con fe y devoción, entre los varios benéficos efectos sean al mismo tiempo preservados y liberados de todo disturbio diabólico. Se trata de los llamados sacramentales, cuya eficacia proviene sea de las disposiciones de quien los usa, sea de las oraciones de la Iglesia, que tienen tanta fuerza impetratoria ante Dios. De modo particular hay que recordar el agua santa y las velas bendecidas (expuestas y encendidas en momentos particulares). Otros objetos y sustancias bendecidas, como vestidos, aceite, sal, pan, también entran en la terapia curativa. / Las reliquias y las imágenes de los santos Desde los primerísimos tiempos se conoce su poder taumatúrgico; lo atestiguan las biografías, las crónicas y los exvotos colgados en las paredes de los santuarios. Esto se debe: sea a un designio particular de Dios, que así quiere confirmarnos su santidad, y sirviéndose de ellos como dispensadores de sus gracias, mostrarnos la predilección que tiene por estas almas, para que nos estimulemos a imitarlas y seamos llevados a apreciar cada vez más la grandeza de la santidad; sea al hecho de que el uso y la veneración de las reliquias y de las imágenes de los santos manifiesta indudablemente una gran confianza en su intercesión, muy poderosa ante el trono de Dios. A aumentar también su eficacia impetratoria contra los asaltos demoníacos se añaden el odio y el miedo enorme que tienen los demonios a estos campeones de santidad, los cuales, ya durante su vida terrena, los vencieron repetidamente; y, sobre todo, el poder especial que Dios les concede sobre estos espíritus, casi como recompensa de la perfecta victoria que obtuvieron en vida sobre los renovados asaltos del infierno. Es superfluo subrayar la eficacia particular de las reliquias de la cruz y de las imágenes de la Virgen, la triunfadora contra satanás, la que en los designios de la divina providencia fue preanunciáda para aplastar la cabeza de la serpiente infernal (cfr Gn 3,15); de san Miguel arcángel, príncipe de la milicia celestial (déla oración de León XIII), el que derrotó a los ángeles rebeldes (cfr Ap 12,7-9); y especialmente las de aquellos santos, como san Vicinio de Sarsina (Forlí, Italia) y san Ubaldo de Gubbio (Perugia, Italia), que despliegan un poder taumatúrgico contra las influencias demoníacas. Por tanto, será útil: tener en casa, en el automóvil, consigo mismo alguna imagen; hacer alguna peregrinación a algún santuario, pues también esto es una manifestación de fe y un acto profundamente impetratorio; llevar consigo algún objeto sagrado, como una pequeña cruz, una medalla, una camándula, el escapulario. Estas imágenes y objetos deben ser posiblemente bendecidos por el sacerdote; en efecto, la bendición aumenta su eficacia, pues les añade la característica de sacramentales. Sobre todo conviene pedir a Jesús, a la Virgen, a los santos, a los ángeles y especialmente a san Miguel arcángel, sobre cuya devoción conviene hacer algunas consideraciones aparte. SAN MIGUEL ARCÁNGEL Ante todo, transcribo un trozo del libro "La buena batalla" del padre Juan Cavalcoli (Bolonia 1986). "El principio fundamental de la victoria sobre satanás es la cruz de Cristo por el poder del Espíritu y la intercesión de la Virgen; pero la fuerza que viene aplicada inmediatamente, el poder, por así decir, ejecutivo de Cristo y de su santísima madre es, como satanás, una criatura angélica, es —según la tradición cristiana— el jefe de todos los ángeles santos y fieles a Dios: san Miguel arcángel. El culto hacia esta criatura angélica, santa y sublime, es antiquísimo, común a la Iglesia occidental y a la oriental. Dicho culto recientemente sufrió un notable declive precisamente en concomitancia —no es un caso— con la disminuida importancia que se da a la lucha contra el demonio. Pero esto no sirve de ninguna manera al verdadero progreso ni en el campo eclesial ni en el de la vida interior de cada una de las almas.
Así como se impone, por tanto, la necesidad de retomar conciencia de la incidencia que las fuerzas demoníacas tienen en las pruebas de nuestra vida —y éste es el propósito de este modesto trabajo—, así también es necesario restablecer la devoción a esa santa criatura de Dios, que la divina providencia nos ha puesto a disposición precisamente para afrontar y vencer las batallas contra el poder de las tinieblas. Conviene retomar conciencia de la misión característica que san Miguel arcángel desarrolla en el papel de la salvación, y dirigirnos a él en esos asuntos que, en una consideración cautelosa y prudente, requieren su intervención específica" (p 56). No quería escribir con palabras mías lo que el padre Cavalcoli ha expresado con sabiduría y claridad. Sólo deseo añadir algo. Pero antes quiero hacer otra cita: "Verdad sobre los ángeles y arcángeles" de Mons. Giuseppe Del Ton (Pisa 1985). Después de haber aludido a la derivación del nombre MichaEl (que significa "¿Quién como Dios?" del grito que se opuso al que pretendía de algún modo sustituirse a él) y después de haber recordado el conocido pasaje del Apocalipsis (12,1-9) respecto del misterioso trastorno que tuvo lugar en el reino angélico, Mons. Del Ton escribe: "Aunque fragmentarias, las noticias de la revelación sobre la personalidad y el papel de san Miguel son muy claras. El es el arcángel (cfr Judas 1,9) que reivindica los derechos inalienables de Dios. Es uno de los príncipes del cielo (cfr Dn 10,13) elegido como guardián del pueblo de Dios (cfr Dn 10,21; 12,1) del que saldrá el salvador. Ahora bien, el pueblo de Dios son los cristianos, es la Iglesia. Con razón ella lo ha proclamado su primer protector" (p 99). Y más adelante: "(El) es el 'príncipe' y el 'jefe' de las 'milicias celestiales' que la Iglesia siempre ha invocado y que debe volver a invocar, para que ayude a los creyentes a resistir al demonio que 'como león rugiente ronda buscando a quién devorar' (1P 5,8)" (p 100). Se ha dicho —y ciertamente con fundamento— que vivimos en una era satánica, es decir, en un momento en el que satanás parece pueda hacer sentir más su presencia maléfica entre los hombres. Alguna alusión hice en las páginas 37, 60, 78 y 166-168, subrayando, entre otras cosas, cómo no por casualidad precisamente en estos tiempos se ha venido formando, por primera vez en la historia bimilenaria de la Iglesia, una corriente teológica que niega la existencia de satanás, y que precisamente en ella me parecía ver la más bella conquista realizada por el diablo por lo menos en estos últimos siglos. Leyendo la tercera parte del libro el lector habrá quedado sorprendido al entender cómo sacerdotes hayan podido llegar a ciertas afirmaciones, a ciertos argumentos, a ciertos contrasentidos y, además, hayan podido renunciar con tanta desenvoltura a otras verdades reveladas con tal de negar la existencia de satanás. Si es la era del diablo, precisamente en nuestros tiempos se reza menos para ser ayudados contra él y para pedir que los demonios no puedan molestarnos. Existe, sí, desde los comienzos de la Iglesia el "Padrenuestro"; es la única oración enseñada precisamente por Jesús y en la que, al final, se pide que nos ayuden a superar las tentaciones y que nos libre de todo mal, también del maligno. Pero aquí quiero referirme a una oración particular dirigida a san Miguel arcángel, compuesta por el papa León XIII y que dice: "Oh san Miguel arcángel, defiéndenos en la lucha; sé nuestra ayuda contra la maldad y las acechanzas del demonio. Dios lo domine, lo pedimos suplicantes; y tú, jefe de la milicia celestial, encadena en el infierno, con el poder divino, a satanás y a los demás espíritus malignos, que vagan por el mundo para perdición de las almas. Amén". Ls rezaba el sacerdote al final de la santa misa, de rodillas al pie del altar. En la reforma de la liturgia, hecha en tiempos de Pablo VI, quedó suprimida esta oración por motivos de tipo litúrgico, sin pensar que precisamente en un momento muy delicado venía a faltar en todo el mundo católico una oración pública, rezada al final de cada misa y, por tanto, innumerables veces al día, y dirigida precisamente a quien por voluntad divina está encargado de protegernos y defendernos de la actividad maléfica de los diablos. Esta oración tiene su historia, que tal vez pocos conozcan; la narro tomándola de la revista "Madre de Dios" (Giuseppe Ferrari, "La visión diabólica de León XIII", 1984, 2, p 4). "Es cierto el hecho de que el papa León XIII introdujo la oración al final de la misa a san Miguel arcángel (antes esa oración era más breve y no tenía la invocación al príncipe de los ángeles), después de una visión aterradora. Es muy difícil describir cómo fue exactamente esa visión. Transcribo lo que se escribió en una revista de indudable seriedad: "Ephemerides Liturgicae", año 1955, pp 58-59. P. Domenico Pechenino escribe: "No recuerdo el año preciso...". Una mañana el gran pontífice León XIII había celebrado la santa misa y estaba asistiendo a otra de acción de gracias, como de costumbre. A un cierto momento levantó enérgicamente la cabeza, después miró fijamente algo, por encima de la cabeza del celebrante. Miraba fijamente, sin parpadear pero con un sentido de terror y de maravilla, cambiando de color y lincamientos. Algo extraño, grande, sucedía en él... Finalmente, como volviendo en sí, dando un ligero pero enérgico golpe de mano, se levanta. Se lo ve dirigirse a su estudio privado. Los familiares lo siguen con premura y ansiosos. Le dicen en voz baja: —Santo padre, ¿no se siente bien? ¿Necesita algo?—. Contesta: —Nada, nada—, y se encierra. Media hora después hace llamar al secretario de la Congregación de los Ritos y, entregándole una hoja de papel, le ordena que lo haga imprimir y lo haga llegar a todos los ordinarios (o sea obispos) del mundo. ¿Qué estaba escrito? La oración que rezamos al final de la misa junto con el pueblo, con la súplica a María y la calurosa invocación al príncipe de las milicias celestiales, implorando a Dios que meta de nuevo a satanás en el infierno". (Además, ordenaba que se rezara de rodillas). Esto, que fue escrito para el periódico "La semana del clero", del 30 de marzo de 1947, no cita las fuentes de donde sacó la noticia. Pero dice la manera insólita como fue ordenada la oración, y que les fue enviada a los ordinarios en 1886. Confirma lo escrito por el P. Pechenino el testimonio del Card. Battista Nasalli Rocca ("Carta pastoral para la cuaresma", Bolonia 1946): "León XIII escribió él mismo esa oración... La frase de que (los demonios) vagan por el mundo tiene una explicación histórica, que nos refirió varias veces su secretario particular, Mons. Rinaldo Angelí. El papa tuvo verdaderamente la visión de los espíritus infernales que se juntan sobre la ciudad eterna (Roma); y de esa experiencia viene la oración que quiso se rezara en toda la Iglesia.
Esa oración la rezaba él con voz vibrante y potente: la escuchamos muchas veces en la basílica vaticana. No sólo: sino que escribió también de su puño y letra un exorcismo especial (que se encuentra en el Ritual romano)... Ordenaba a los obispos y sacerdotes que recitaran a menudo este exorcismo en sus diócesis y parroquias. El lo rezaba muy a menudo durante el día. También es interesante tener en cuenta otra cosa. Pío XI quiso que, al rezar estas oraciones, se pusiera particular intención por Rusia (alocución del 30 de junio de 1930). En esa alocución, después de haber recordado las oraciones por Rusia a la que había invitado también a todos los fieles con motivo de la fiesta del patriarca san José (19 de marzo de 1930), y después de haber recordado la persecución religiosa en Rusia, concluye así: "Y para que todos puedan sin fatiga e incomodidad continuar en esta santa cruzada, ordenamos que esas oraciones que nuestro antecesor de feliz memoria, León XIII, ordenó que se rezasen después de la misa por los sacerdotes y los fieles, se recen con esta particular intención, es decir, por Rusia. De esto los obispos y el clero regular y secular preocúpense de tener informados a su pueblo y a cuantos estén presentes en el santo sacrificio, y no dejen de recordar a menudo todo esto" ("Civiltá Cattolica", 1930, vol. ffl). Tal vez la supresión de la que ya hablé, hecha por consideraciones de tipo litúrgico, podría haber influido en su tiempo la intención añadida entonces por Pío XI. Esto ya no tendría ahora importancia en una oración, que, si eventualmente se volviera a proponer, nace en su originaria y precisa intención de invocar a san Miguel contra la actividad maléfica de Satanás. Recemos esta oración y hagámosla rezar; he aquí una invitación a todos, pero que también quiere ser una súplica que sumisamente me atrevo a dirigir a la suprema autoridad, para que se encuentre un momento adecuado para hacerla rezar nuevamente a los sacerdotes o en la Liturgia de las Horas o en el mismo rito eucarístico, por ejemplo, como una de las oraciones de los fieles, ocasión aún más propicia, porque la asamblea del pueblo de Dios puede asociarse al sacerdote. Piense el lector, hable de esto, alguien hágase promotor de iniciativas al respecto; escríbase al Vaticano, al santo padre. El tiene que conocer las peticiones de los creyentes; se sentirá apoyado y facilitado al tomar sus decisiones. El Señor ciertamente ayuda y san Miguel intercede, pero es necesario que nosotros pidamos, oremos y repetidamente. El santo padre ya ha hecho mucho por la devoción a san Miguel. El 24 de mayo de 1987 fue como peregrino al principal y más famoso santuario dedicado a él en Monte Sant'Angelo, en la Prov. de Foggia (ver también la página 71). Después, en la Plaza Vieschi, en el encuentro con el pueblo, pronunció un discurso dirigido a exaltar la difusión del culto a san Miguel, a subrayar su papel en la Iglesia y a inculcar su devoción. En esa circunstancia el papa afirmaba entre otras cosas: "A este lugar, como en el pasado lo hicieron muchos de mis predecesores en la cátedra de Pedro, he venido también yo para gozar por un instante de la atmósfera propia de este santuario, hecha de silencio, de oración y de penitencia; he venido para venerar e invocar al arcángel san Miguel, para que proteja y defienda a la santa Iglesia, en un momento en el que es difícil rendir un auténtico testimonio cristiano sin compromisos y sin acomodaciones" (X 2, 1987, 1773). Y más adelante: "En esta lucha, el arcángel Miguel está al lado de la Iglesia para defenderla contra todas las perversidades del siglo, para ayudar a los creyentes a resistir al demonio que 'como león rugiente ronda buscando a quién devorar' (1P 5,8). Esta lucha contra el demonio, que caracteriza la figura del arcángel Miguel, es actual también hoy, porque el demonio sigue vivo y operante en el mundo" (loe. cit., 1774-1775). Juan Pablo II terminaba luego el largo discurso con estas palabras: "Todos recuerdan la oración que hace algunos años se rezaba al final de la Misa: 'Sánete Michaél Arcangele, defende nos in proelio'; dentro de poco la repetiré en nombre de toda la Iglesia" (loe. cit, 1776). ¡Esperamos que también la Iglesia, dentro de poco, la repita!

Corrado Balducci.


Agradecimiento:Hermenegildo Santiago Matamoros por compartirnos este valioso artículo.


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