domingo, 15 de mayo de 2016

La presencia activa de Satanás en el mundo




Desde luego, el demonio es el dios del secularismo absoluto. Aun cuando México y muchos países de Hispanoamérica podrían considerarse marianos por la maternidad de la Virgen de Guadalupe. La realidad es que en el proceso de secularización la Virgen María ha estado siendo sutilmente menospreciada dentro de una dinámica de ortopráxis que reemplaza a la ortodoxia y que va logrando que la veneración a María Santísima vaya disminuyendo en muchos lugares del mundo. La autoridad del Papa y del Magisterio de la Iglesia, aun cuando pareciera recobrar un auge y popularidad, también va mermando mediante diversas acciones, algunas muy graves que podemos constatar.

Es necesario hacer conciencia de que mientras el mundo “católico” sigue su curso aparentemente en paz en la vida parroquial y en otros sectores de la Iglesia, bajo la perspectiva secularista que desmitifica todo, el texto (Lc 1, 26-56) ha sido sometido por teólogos y otras autoridades de la Iglesia a un proceso de desmitificación que ha llegado a tal punto que la Inmaculada Concepción, se ha reducido, como tantas otras verdades del Evangelio, a una presencia interior que no tiene relación a una verdad objetiva. Obviamente, lo que sigue a esta negación es la negación de la misión de la Virgen María. Como he venido anunciando en publicaciones anteriores, por la misma línea de la desmitificación, los “teólogos” de la secularización del siglo XX y lo que va del XXI han llegado a afirmar que el texto de Lucas no representa un hecho histórico y espiritual, sino que se trata de una expresión de la fe de San Lucas y los demás discípulos. De este modo han pretendido que la fe quede sin fundamento histórico a la manera luterana y bajo la interpretación idealista, marxista y neopositivista.
Estos errores que han sido ampliamente difundidos por teólogos y otras veces en prácticas y afirmaciones sutiles, son muy graves, porque si la anunciación, la concepción y el nacimiento virginales se reducen a “creaciones” elaboradas a partir de la fe de los discípulos y no a hechos históricos que fundamentan la fe, el papel corredentor de la Virgen se ve comprometido, porque la maternidad de la Virgen, es la que muestra la eficacia de la mediación salvífica de Cristo que además une a los fieles con Cristo.[1] No es raro que al predicar menos sobre la Virgen María los fieles se vayan alejando de Cristo porque por María se conoce mejor y se ama mejor a Cristo. Recordemos que la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II menciona que para un conocimiento más perfecto de Cristo, es importante el culto a las imágenes de Cristo de la Bienaventurada Virgen María y de los santos.[2] Pero los “teólogos” del proceso de secularización han acabado negando el papel esencial de la Virgen en la Redención. Desde luego, bajo esta perspectiva quedan comprometidas y hasta el nivel de imaginería las apariciones de la Virgen, tales como la de Lourdes, Fátima, etc., que quedan incluso reducidas a meras supersticiones o a fanatismos.

Ante este panorama, es necesario aclarar que toda esta concepción que ha seguido minando la fe durante décadas, es contraria a lo que se nos revela en la Sagrada Escritura, a toda la Sagrada Tradición, al Magisterio de la Iglesia y a cualquier sentido sobrenatural en que quiera considerarse la fe católica. La disminución en la veneración a la Madre de Cristo es directamente proporcional a la disminución al amor a Cristo. Porque Cristo quiso que fuéramos hacia Él por María.[3]

En lo que se refiere al Sumo Pontífice, el secularismo introducido en la jerarquía, también pretende que se desmitifique. En la concepción de Iglesia democrática, el Magisterio de Pedro debe perder fuerza mediante diversas acciones muy puntuales que demuestren su falibilidad. La Iglesia como institución se enfrenta a una Iglesia comunidad. Esta concepción también va en contra de lo afirmado en la Lumen gentium del Concilio Vaticano II, que expresa la primacía de Pedro.[4] Los promotores de este secularismo, desean que se ponga en entredicho la infalibilidad de la Iglesia y el mandato de Cristo de enseñar fundado en la infalibilidad y en la fe. Por eso realizan toda clase de acciones para que se produzca una confusión respecto a estas verdades. Sin embargo, si leemos (Lc., 22,32) veremos que la infalibilidad compete al Romano Pontífice, cabeza del colegio episcopal, en razón de su oficio cuando proclama como definitiva la doctrina de la fe o de la conducta, en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles a quienes ha de confirmarlos en la fe. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo de los obispos cuando ejercen el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro.[5] Por eso es muy grave el hecho ya sucedido en la historia de la Iglesia, de que desde el cuerpo episcopal y aun el mismo Pedro, contradiga el Magisterio Ordinario, porque aunque no se trate de una formulación oficial ex-cathedra, produce una confusión prácticamente insuperable en la Iglesia. Porque nadie, ni un obispo ni un Papa, puede pretender enseñar, y mucho menos enseñar una pastoral viva, si se separa del Magisterio. En la medida en que nos separamos del Magisterio, nos convertimos en pseudo-maestros que no renuevan, ni recrean, sino que más bien corrompen, matan y dividen al liberarse del Magisterio. Pareciera que poco falta para que se diga que el Magisterio depende del voto de los fieles. Es un hecho que se ha estado confundiendo el Magisterio con una absolutización de las opiniones personales del Papa y los obispos, sin caer en la cuenta de que tampoco la autoridad del Papa es propia sino que le es conferida por Cristo. Por esta razón una vez separados de la autoridad y el  Magisterio no queda otra más que entender el Evangelio como medio de renovación. A estas personas hay que aclararles que si bien es cierto que la enseñanza del Magisterio se adecua a la situación histórica, esta situación histórica de ninguna manera puede ser la fuente de la renovación de la Iglesia, porque la única fuente de renovación es el Magisterio de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo.[6]

Aunque hoy cause tanto disgusto y pueda hacerme sujeto de toda clase de críticas y juicios, creo que es fácil mostrar que a la base de todo esto se encuentra el problema de Satanás. Simplemente recuerdo al rector de un seminario que en su momento me dijo que no mencionara en la formación de los seminaristas a Satanás. Y es que en el mejor de los casos, aun cuando no se niega abiertamente su existencia, Satanás forma parte de todo aquello que se quiere desmitificar. Lo curioso es que los evangelios que los promotores del espíritu del mundo están desmitificando, están llenos de advertencias sobre Satanás y los demonios, así como de un misterio de iniquidad que intenta la destrucción del orden del ser y de todo lo sagrado. Simplemente si leemos (Mat 12,26; Mc 3, 23-24; Lc 10,18; Lc 22,31; Jn 8,44 y otros textos más), veremos cómo Jesucristo se refiere al demonio de diferentes formas. La existencia del demonio es dogma de fe y es  muy claro que el origen del pecado está en Satanás. Como el mal es la negación del ser, es decir, la mentira radical, con el pecado se vacía el ser. Satanás se opone radicalmente al ser, a la unidad, a la verdad, a la bondad, a la belleza y por eso es división, engaño, maldad, fealdad, etc. El demonio es anti-vida, porque es homicida desde el principio (Jn 8,44), es el padre de la mentira ontológica, porque va en contra del Ser y por tanto va contra el ser de los entes creados. Satanás odia el orden y por eso introduce el desorden radical. Es el padre de la mentira y de la muerte, es el mediador de la muerte porque opone su propio “reino” al Reino de Dios y por eso odia a los miembros del Cuerpo Místico que Dios ha unido a Cristo por medio de la caridad.

Por eso el demonio se ancla en el mundo intentando absolutizar lo finito mediante la negación de la trascendencia. Es el príncipe de este mundo que induce a los hombres al mal. Satanás odia todo lo sagrado y es el dios de la secularización,[7] porque intenta absolutizar al mundo al margen de Dios. Satanás busca la autosuficiencia del mundo, busca que incluso la Iglesia se distraiga en los problemas del mundo desdibujando el Reino de Dios. El demonio fue vencido en el mismo instante de la muerte de Cristo pero su acción negativa y misteriosa subsiste hasta la Parusía (Ap 12, 12). Satanás trata de ser semejante a Dios y de inducir al hombre a la autosuficiencia. Por eso el secularismo es la manifestación de su acción.

La negación del pecado es el arma más poderosa del demonio, porque negando el pecado se instaura el “reino” de Satanás. Por eso el demonio tienta a partir de la solicitud de nuestro cuerpo sensible y luego de la debilidad de la voluntad humana. Satanás quiere convertir el Reino de Dios en un “reino” secular exterior. Hace que los hombres se olviden de la única liberación legítima que es la liberación del pecado. El demonio instaura su “reino” en la medida en que minimiza o elimina la gravedad del pecado. Mediante la confusión de la conciencia respecto al pecado instaura su “reino” de destrucción, porque el dominio destructor del demonio se ejerce por el pecado. El demonio busca sustituir el Reino de Dios por el “reino” del mundo porque él es el príncipe de este mundo (Jn 16, 11). Quiere someter todos los reinos del mundo mediante la secularización absoluta de toda la existencia, es decir, la desacralización de todo lo que existe. El demonio es un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. El demonio es una persona y es el insidiador sofístico del equilibrio moral del hombre, el pérfido y astuto seductor que sabe insinuarse en nosotros a través de los sentidos, de la concupiscencia de la lógica utopística, o a través de desordenados contactos sociales.[8] El demonio constituye un importante capítulo de la doctrina católica que hoy nadie quiere estudiar. Lamentablemente todo lo relacionado con el demonio o incluso con cuestiones de espiritualidad es canalizado a estudios psicoanalíticos y psiquiátricos tratados mediante medicamentos, terapias, etc., aun cuando paradójicamente nadie se preocupa del vuelo que se da al espiritismo, a las supersticiones y a tantos engaños que constituyen una poderosa fuente económica.

Pero en este contexto, no todo es negativo porque el hombre no está desprotegido ya que mediante la gracia, los sacramentos, las virtudes y dones cristianos el hombre puede librarse del demonio. Todo lo que nos aleja del pecado, nos separa también del demonio. Por eso es tan importante que no olvidemos que al ser hijos de Dios, participamos del Cuerpo Místico de Cristo cuya unidad y vida le viene del Espíritu Santo, de modo que no debemos perder el diálogo con Dios mediante la participación en la liturgia, la oración y el culto privado e intentando sacralizar todo lo que esté a nuestro alcance. El Cristiano tiene la capacidad de iluminar, de sacralizar las cosas temporales incluso las más externas, efímeras y profanas aun con las insidias del demonio.

Por último, en relación a esto que he venido desarrollando, me parece oportuno recordar aquel discurso que pronunció el Papa Pablo VI el 29 de junio de 1972 y en la que enuncia textualmente: “Luego existe otra categoría, y a ella pertenecemos un poco todos. Y diría que esta categoría caracteriza a la Iglesia hoy. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbres, problemáticas, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano –que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que deberían estar abiertas a la luz […] También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre, y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.”

Todo parece indicar que este discurso ha sido el anuncio profético de lo que hoy estamos viviendo en la Iglesia, porque es indudable que esa grieta por la que el humo de Satanás entró en el templo de Dios, ha llegado hasta las más altas esferas y está produciendo graves consecuencias. Y es que por más que Dios quiera salvarnos y haya ganado la batalla por nosotros, si mediante acciones libres, el hombre está rechazando su auxilio, no puede culparle de las consecuencias del mal uso de su libre arbitrio. ¡Ayúdanos Señor!


[1] Cfr. Lumen Gentium, 60.

[2] Cfr. Idem, 67.

[3] Cfr. El secreto de María, I,6., apud. Caturelli, Alberto, op.cit. p.72.

[4] Cfr. L.G., 22.

[5] Cfr. L.G. 25; CVI Pastor Aeternus.

[6] Cfr. Caturelli, Alberto., op. cit. p. 77.

[7] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.63, a.2.

[8] Cfr. Caturelli, Alberto., op.cit., p.84.

Fuente: InfoCatólica.

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