lunes, 20 de junio de 2016

Cantiga 119 de Santa María, sobre cómo libró a un juez de los diablos




Las Cantigas —o Cántigas— de Santa María (mediados del siglo XIII-1284) constituyen el cancionero religioso medieval de la literatura en galaico-portugués, frente al profano que estaría constituido por las cantigas de amigo, de amor y de escarnio.
Se trata de un conjunto de aproximadamente 420 composiciones en honor a la Virgen María. La mayoría son cantigas que cuentan milagros sucedidos con la intervención de María; integran también la obra as Cantigas das Cinco Festas de Santa María, as Cinco Cantigas das Cinco Festas do Nostro Señor, o Cantar dos Sete Pesares que víu Santa María do seu fillo y unha maia.
La devoción mariana estaba en auge en ese siglo y frailes, clérigos y caballeros en general participaban en ella. El rey alentaba en sus cantigas a poetas y juglares para que dedicaran sus esfuerzos e inspiraciones a la «Santa Dama». (Wikipedia)


Este Cantiga narra cómo Santa María libró a un juez de los diablos que lo querían matar, y lo volvió a su casa y le dijo que se confesase porque al día siguiente había de morir.



"Como por consejo del demonio somos perdidos, así somos socorridos por el de la Virgen."

De esto diré un milagro, donde hallaréis una gran hazaña que en España hizo la Virgen, en favor de un hombre, que una gran hueste de demonios se lo llevaba para que penase, con los descreídos.

Este era sobrejuez de una buena villa en la que tenía muy holgada a su persona, comiendo y cenando sin tasa y aceptando dones grandes, que no de los menudos.

El comía siempre buen pan, y bebía buenos vinos, pero no usaba mucho el andar caminos para prender ladrones; en cambio, a los humildes los prendía y muy difícilmente los libertaba.

Estando para comer, con otros convidados que tenía aquel día, oyó grandes voces y gritos fuertes y agudos, como de pelea o de gran porfía, diciendo: "Aprisa, aprisa, prended en seguida a aquel hombre, y llevadlo fuera de la villa."

Creyéndose que la pelea era de verdad, mandó que sus hombres cogiesen lanzas y escudos y él salió, de los primeros, para cortar la pelea diciendo:
"¡Por Dios, varones, no sea, no sea!"

Pero de pronto la hueste insolente de los diablos, unos negros y otros cornudos, lo cogió y se lo llevaron, de súbito, fuera de la villa y lo pusieron sobre un pozo hondo y más negro que una mora, y lo quisieron echar en él con otros que, poco ha, habían sido allí metidos.

Y aquel pozo hervía, como una caldera, de lo que él estaba espantado, de mala manera. En esto, llegó la Virgen Santa, verdadera, diciendo:
"Dejad a este hombre, malos, atrevidos."

Ellos, cuando esto oyeron, huyeron de prisa, y le dejaron aquel hombre a la Santa Reina, que le dio luego el consejo que le convenía, porque Ella no quiere que los suyos sean confundidos.

Pues él, aunque poca justicia hiciera, siempre había puesto su esperanza en Santa María, que por ello lo libró de aquella fiera cuita diciendo:
-"Tan pronto como sean reconocidos por ti tus pecados, haz por ellos mucha penitencia, y pon todo tu empeño en pagar lo que debes, y en mi Hijo y en Mí ten firme tu creencia, y haz como aquellos que están siempre apercibidos. Porque has de saber que tu vida no durará más de un día; por ello haré que, cuando tu alma parta de ti, haga, sin tardanza, su ida hacia Dios, y que los santos no estén con ella enojados."

Después que esto dijo la Virgen, lo dejó en un hermosísimo llano. Y él se volvió luego de inmediato a su casa, y mandó llamar al guardián, e hizo penitencia por sus sabidos pecados; y quien lo viese, no vería hombre más apenado. Y, al otro día, murió, como la Virgen le dijo; y cuando quiso Dios que su alma le saliese del cuerpo, se la llevaron los ángeles nobles y temidos.

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