domingo, 24 de julio de 2016

LA LUCHA CON EL DEMONIO, ENEMIGO DEL ALMA




POR AUGUSTO SAUDREAU

Porque Dios quiere que seamos conquistadores y que nuestras glorias y gozos del cielo sean fruto de nuestros triunfos, permite que sus enemigos sean también los nuestros y que nos declaren una guerra incesante, viva, cruel «Nuestra pelea no es contra la carne y la sangre», — dice el apóstol, o no contra los hombres, menos temibles — sino contra las potestades, dominaciones y principados de este mundo de tinieblas, contra los malos espíritus que vagan por el aire» (Eph., VI, 12). Cuando los hombres se hacen tentadores, y en tal caso son lazos de Satanás y auxiliares suyos, es más fácil conocerlos.

Cierto, algunas personas, complacientes o halagadoras, con palabras de falsa compasión, o con afecto de mala ley, nos inducen a veces al mal humor, a murmurar, al odio, y no descubrimos bien pronto que estos falsos amigos son enemigos de nuestra alma; pero en general las tentaciones que nos vienen de las criaturas humanas son más manifiestas y por tanto mucho menos pérfidas o alevosas. El demonio es más hábil; disimula, sugiere falsas ideas, de tal modo que el alma casi siempre se persuade que los pensamientos en que anda proceden de su propio fondo interior; mientras no distingue las perfidias del enemigo, se deja fácilmente seducir.

Este enemigo invisible y astuto es más fuerte que el hombre; sabe mucho mejor que las criaturas humanas calentar la imaginación, soliviantar las pasiones, excitar las concupiscencias, enardecer interiormente los sentimientos de desagrado, irritación, o bien suscitar en la inteligencia nieblas sombrías, angustias crueles, ideas que desalientan, y nos arrebatan todo esfuerzo. Es también muy tenaz; rechazado una vez, veinte, cien veces, vuelve al combate y redobla sus esfuerzos. Hablando San Pablo de los enemigos del alma, los llama príncipes, poderes, dominadores de este mundo de tinieblas; con lo cual parece indicar a los demonios de coros superiores.

Pues en efecto hubo rebeldes en todos los grados de la jerarquía angélica, y como conservan su naturaleza, se sigue que entre ellos hay algunos cuya fuerza es diez veces, cien veces, probablemente mil veces mayor que la de otros. Cuando los golpes vienen de estos príncipes del reino infernal la lucha puede alcanzar una violencia inaudita. «Sálvame Dios mío, porque las aguas han subido hasta mi alma; estoy hundido en hondo lodazal, y no hallo donde hacer pie; me hallo en alta mar y las olas de la tempestad me sumergen» (Salm., 68, 1).

Y con todo eso, contra estos temerosos enemigos la victoria es siempre posible; por hábiles que sean los demonios, su estrategia les falla con frecuencia. ¿Cómo no estarán ofuscados muchas veces estos miserables, siempre llenos de furor, siempre inspirados por el odio, siempre desatinados por el orgullo? Si conocen maravillosamente nuestra naturaleza y sus defectos y pasiones, todos los males que son consecuencia del pecado original y de nuestros pecados personales, desconocen los elementos sobrenaturales, las gracias, las inspiraciones divinas, los auxilios que Dios nos da; y cuanto mayor es en nosotros la medida de lo sobrenatural más obscuro lo ven. «A un bautizado lo desconocen más que a un infiel, a un justo más que a un pecador, un santo les es más recóndito que un justificado» (Mr. Gay, Vie et Vertus, t, II, p. 122). A más de esto cuanto más difiere su mentalidad de la nuestra menos la entienden. Muchas veces atacan a destiempo, y así demasiado confiados en sus artes van torcidamente a fracasos ciertos.

Aunque su perspicacia fuera indeficiente y su habilidad perfecta y aun siendo la criatura muy ignorante y débil no podrían jamás dar por seguro el triunfo, porque «Dios es fiel y nunca permite que seamos tentados sobre nuestras fuerzas» (I Cor. X, 13). Si el alma es apocada, Dios contiene su violencia, los acorrala, pone límites a sus ataques y así la victoria es siempre posible al que está tentado. Dios estableció esta ley—más de una vez, los demonios obligados por los exorcistas la tuvieron que reconocer rabiosos — que la tentación rechazada recae pesadamente sobre el tentador y así le aumenta sus penas (Cass. Confér., VII, 20). Con lo cual le obliga a retirarse por algún tiempo como lo declara Santiago: Resistite diabolo et fugiet a vobis. Los demonios superiores poseen más fuerza y pueden prolongar el combate que además lo llevan con mayor eficacia, pero si el alma no cede también éstos acaban por retirarse y dejan al alma vencedora alguna tregua y descanso. Volverán más tarde pero el alma que los derrotó habrá recobrado nuevos bríos.

Estos poderosos malignos pelean con las almas de mayor fortaleza; pero también inspiran, dominan y traen de cabeza a los miserables que hundidos en el pecado en vez de resistirles se entregan a ellos buscando los medios de hacer más mal. Los diablos de menos fuerza atacan a las almas menos esforzadas. Así todos los demonios del infierno, los principales espíritus malos, como los inferiores, no pueden jamás vencer sino al que consiente en ser vencido. Dios que sostiene a sus hijos les da siempre los medios de sacar ventaja de las tentaciones: faciet cum tentatione proventum.

Queriendo, pues, perder las almas, el demonio les ofrece la ocasión de purificarse, robustecerse, santificarse; hace santos intentando hacer condenados. «Considerad como objeto de sumo gozo el caer en varias tribulaciones »: Omne gaudium existimóte, fratres, cum in tentátiones varias incideritis. (Sant. 1, 2). Los soldados valerosos se regocijan cuando se les anuncia que la batalla está cerca, y, con todo eso, a pesar de su valor, pueden ser vencidos, pero el soldado de Dios si quiere vencer está seguro de la victoria.

EL IDEAL

DEL ALMA FERVIENTE

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