sábado, 10 de septiembre de 2016

Los demonios procuran con engaños desviar a los hombres del camino de la verdad




Que los demonios, mientras nos prometen con su intercesión el camino para Dios, procuran con engaños desviar a los hombres del camino de la verdad.

Pero los demonios, falsos y engañosos medianeros, siendo miserables por la
abominación de su espíritu y malignos por muchas obras suyas, son famosos y conocidos;
sin embargo, por medio del espacio de los lugares corporales, y por la sutileza de los
cuerpos aéreos, nos procuran retirar y desviar del aprovechamiento y progreso espiritual de
nuestras almas, no nos abren el camino para lograr conocer y ver a Dios, sino que nos lo
impiden, para que no caminemos por él, llegando a tanto su encono, que nos ponen
obstáculos hasta en el camino corporal, que es falsísimo y lleno de error por donde no
camina la justicia, porque, en efecto, debemos caminar y subir a Dios no por la excelencia
corporal, sino por la espiritual, esto es, por la semejanza incorpórea; sin embargo, en este
propio camino corporal que los apasionados de los demonios trazan por las escalas y grados
de los elementos, colocando a los demonios aéreos en medio de los dioses etéreos y de los
hombres terrenos, entienden y creen que la principal prerrogativa que tienen los dioses es
que por esta distancia de los lugares no pueden contaminarse con el trato y comunicación de
los hombres, y por eso creen mejor que los demonios son contaminados por los hombres,
que no que los hombres son purificados por los demonios, y que los mismos dioses se
pudieran contaminar si no los defendiera la elevación del lugar. Y ¿quién es tan estúpido
que asienta a que pueda purificarse por esta vía, cuando enseñan que los hombres son los
que contaminan, los demonios los contaminados y los dioses contaminables, y no elija antes
el camino por donde se evite la concurrencia de los demonios que nos contaminan más, y
por donde los hombres se limpian de la contaminación con la gracia de Dios inmutable, para
llegar a gozar de la purísima compañía de los ángeles incontaminados?



Capítulo XVIII
Página 340
La Ciudad de Dios - San Agustín.

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